domingo, 22 de julio de 2012

En la Terraza, Let it go

Estoy segura de que todo pasa para que aprendamos algo. Sé que parece simplista, que no consuela y que, aunque quisiéramos que sea distinto, no podemos controlarlo. Podría ser parte del karma, o una causa y su efecto, o que sea una cuestión de energías. Sea como sea, es tan complejo para pensarlo en lo cotidiano, que es mejor gestionarlo de cuajo mientras vamos caminando.

Negocio conmigo misma que la experiencia sirve "para algo": aprender, resolver, procesar, decidir. Retruco a mi resistencia con que, además, va a ser siempre bueno y así me voy capitalizando. Aunque me duela, me resista, me desgarre o me expanda, hacerme cargo de vivir mi vida y aprender la metáfora será por siempre algo bueno.

La vida desequilibra para que ajustemos la balanza. Pero buscar el equilibrio esconde un desafío: aprender a dejar ir, a no retener, a no adueñarse de nada porque nada te pertenece. Todo lo que proviene del exterior es no-usurpable aunque el miedo, la culpa y la idealización haga que desprenderse duela.

Eat, Pray, Love, uno de mis libros preferidos, me iluminó en esto. Liz, la protagonista, vivía atormentada por la culpa de haberse divorciado de su ex marido, al que no amaba. Era la mejor decisión, era un hecho rotundo, pesado y liberador. Él había quedado dolido, no lo aceptaba y la culpaba de su sufrimiento. Después de una masacre legal, ella decidió viajar en busca de su equilibrio. En un templo budista en India, conoció a un ex alcohólico y drogadicto que la confrontaba para acabar con su dolor sin que ella se diera cuenta. Parecía insoportable. Era un tábano socrático disfrazado de gente común y de las peores, un maestro ordinario de esos miles que existen en la vida real y que no llevan investiduras para que el aprendiz lo descubra.

La escena está narrada con una profundidad que transparenta su angustia y, a mi, me dio ganas de llorar. Su nuevo amigo, su simple gurú, le ofreció un bálsamo: que subiera a la terraza en ese atardecer húmedo, deje ir a su marido y que entienda que las situaciones de la vida real son las metáforas con las que habla Dios.

En la película, esta escena muestra un ejercicio para todos los que no sabemos cómo dejar ir. Es un rito de pasaje en el que Liz sube a esa terraza y se imagina a su ex, los momentos felices y los tristes, el día de su casamiento y el de su divorcio y le dice que lo tiene que dejar ir. Se lo representa y le da voz para que le diga que le duele, que la va a extrañar, que todo podría ser perfecto y que no puede soportarlo. Ella lo abraza, lo comprende y hace carne su dolor. Lo acepta y lo sostiene como a un bebé recién nacido. El agua que purifica, el sahumerio que espanta las malas energías, el aceite que bendice y la jaculatoria final es un mantra de cuatro palabras: “Lo sé. Ya pasará”. Así, ella termina su rito de paso y lo libera. Al mismo tiempo, abandona su propia frustración y culpa y le desea  - y se desea - que tenga mucha paz y amor.

Es difícil y, como dice Mamá, muchas veces se tarda en llegar a la terraza porque nos quedamos en el sótano enroscados con la idea de que somos víctimas de las circunstancias y de que no hay nada que podamos hacer para cambiarlas. Estoy segura de que podemos intentar salir de ahí alimentados por el amor propio que tanta mala prensa tiene y por la confianza de que todo pasará. Tal vez dé algún resultado la santificación de una de las situaciones más difíciles a las que tenemos que enfrentarnos para aprender. 

Sería bueno repetir como si jugáramos al Cuento de la buena pipa: "Todo va a estar bien, mejor seguro" porque, en el fondo, todo es perfecto. Dios no es un viejo amargado que nos mandó a la tierra para hacernos sufrir. No es un psicópata narcisista. Mezquinos podemos ser nosotros, no algo que creemos que es "La Perfección".

Creo que la vida es un camino de aprendizaje de lo que significa tener fe y confiar en que todo es como debería ser, porque sino no sería nada. Pero somos hombres simbólicos y necesitamos gestionar y crear nuestra realidad. El mayor desafío es que cuando estemos en un momento de sufrimiento, en el que la estemos pasando mal y nos inunde la desesperación, tengamos la certeza de haber aprendido que todo pasa. 

Para eso sirve la experiencia, al menos como manual de enseñanza.

martes, 10 de julio de 2012

Fe de Ratas

Una vez, me enganché con un garca. Era divino, me encantaba. Era bueno, como las putas, que si no son divinas no son putas. Y lo digo mientras le tiro lucecita blanca, para que no lo sea, porque hago esas cosas, medio buddha, medio naif, medio boluda.

Lo conocí un verano de esos en los que el calentamiento global no había llegado. Hacía calor, no como en este verano que de repente saturó mi timeline de Twitter con mensajes como “Qué #frio que hace #LaPutaMadre, quién apagó el sol? #HaceFrioYEsVerano”. O como cuando es otoño y de repente hacen veinticinco grados.

Era divino y teníamos una relación sanísima. Íbamos al gimnasio, hacíamos un poco de cinta y una rutinita de aparatos para endurecer abdominales y cola. Bah, yo hacía cinta mientras él me charlaba y me hacía reír: el mejor ejercicio. Él no necesitaba estar en mejor forma para ser más garca, pero yo sí para poder comer tranquila y que nadie me dijera eso de que los años no vienen solos.

Pero qué lindo era y qué presente estaba. Todas las mañanas, una canción de amor, de esas medio #cachudas que te calientan un poco el alma. Un “hola”, “muak”, “besos boludín” y a la noche, un par de mensajes, unos mimos en el sillón, un cuarto de helado, del bueno, de ese que podés comprar 2x1 con Club La Nación. No era lindo. Fotografiaba bien y era tan simpático y ocurrente que no importaba si en mi laburo le decían “el feo”, después de tomarme el pelo por las muecas que le hacía a la ventana del chat de mi computadora.

Pero el garca era garca, aunque yo pensara que era un buen tipo pasando por un mal momento, un momento confuso, de crisis, de mierda o qué se yo. No era mentiroso porque tenía piernas y lengua larga, o por lo menos, decía que no me mentía. Sincericida se le dice porque con su sinceridad él se suicida y vos quisieras ayudarlo con un empujón. Ahí lo ves, mientras abre su bocota, parado en la baranda del balcón y decís no con la cabeza, entrecerrando los ojos, como diciendo “no digas nada, no hace falta, te vas a caer”. Aunque es cierto que la verdad te hace libre, pero te hace doler la panza y al principio medio que te hincha las bolas. Una gran paja, de las buenas, de esas que vienen con orgasmo múltiple si te la bancás hasta el final.

Así, un día, un salto, un “cómo serán las cosas que tenía su ganado en el mismo establo, a un par de apellidos de distancia, del italiano al francés”. Eso le conté a mis amigas, a las indicadas, a las que puedo mostrarle la foto de la otra, porque para hacer el proceso, primero tengo que volverme patética hasta hartarme de él, de ella y de mi. Esperaba que me dijeran que era más linda, para asegurarme que la elegía por linda y no porque le daba muchas más vueltas a su cabeza. Y si, parte del patetismo es buscar al menos un consuelo superficial: uno.

Por eso, un día, un comentario, una acotación y san se acabó. San se acabó un carajo en realidad, porque él era un poco recurrente, un loco lindo, aunque mis amigos me digan que es sólo loco, que es garca y lo odien por eso. Pero yo le creía que me quería, cuando me lo decía con ojos tristes como si no fuera él el que estaba con dos minas. Desde aquel día en su casa, cuando me lo contó antes de que la vida metiera la pata en un ámbito sin control. Esa vez que preferí irme a tomar a Starbucks un Latte venti sola, en vez de quedarme a tomar un té para tres, con pan y torta. Me fui no por moralista, sino porque sabía que si cerraba de un portazo la puerta, otra ventana se iba a abrir seguro, aunque alguna amiga sabia me dijo que las puertas se cierran despacio, casi imperceptiblemente y con las explicaciones necesarias para ir livianita por la vida y si te he visto no me acuerdo, que las ventanas se abren igual.

¡Pero qué difícil!, porque me decía que me extrañaba, que no podía manejar la situación, que hacía lo que podía con todo lo que le pasaba, que era mucho… y yo le creía, sabiendo que algún día podía ser distinto pero que ahora quería a la otra también y más que a mí, porque se había quedado con ella; a la vida me remito y a su estado de Facebook también.

Y yo no soy garca, ni tan generosa, aunque soy buena mina y te convido de mi Marroc. Pero compartir pibito no me la banco, soy muy sana y algo celosa, de esas que no te lo dicen pero se retuercen por dentro, como la carne del mondongo, que parece una toalla, así de feo, como el feo también. Y soy rápida y prolija para la huida y siempre tengo a alguien que me ayuda a llevar mi mochila. Amigos se llaman, de esos buenos, que te la cargan un rato, mientras se ríen de las piedras que tenés adentro, las que en algún momento vas a tirar, pero todavía las llevas por las dudas, porque te encariñaste, porque no las podés soltar. Los que te escuchan por vez número doscientosmil que extrañas al feo, que te habló el feo, que el feo se dio una vueltita por tu vida y se fue, que el feo es garca pero te gusta, que hace frio y no tenés al feo para hacer cucharita, aunque todavía no hace frío porque hay calentamiento global y es otoño y hacen veinticinco grados de calor.

Los amigos que llegado al punto te van a decir que odian al feo, que es un mal tipo, un psicópata, un egoísta. Los que te dicen que garca y feo dos veces más garca y más feo, aunque sean las ocho de la mañana después de una noche de boliche, cuando necesitaste irte a tomar un café con leche y tres medialunas para hablar de él, haciendo puchero y sabiendo que vas a tener que correr una hora por los bosques de Palermo para compensar ese revés. Los mismos amigos que te bancan el monotema porque saben que sacarse un mal pibe de encima es como terminar la facultad: cuesta un huevo pero vale la pena. Los mismos buenos amigos que disimulan la sonrisa el día que por fin pudiste aceptar que estás esperando a alguien que podría ser bombero pero no lo es, al menos, no en ese momento. Esos amigos, que te dicen que sigas yendo al gimnasio y que hagas mucha cola, para cuando el feo te vea, se dé cuenta el culo que se perdió. 

Porque es lo único que va a ver de vos cuando te des media vuelta y te vayas sin mirar atrás.




domingo, 1 de julio de 2012

De todas un poco


Tengo un amigo que cayó de cabeza en el lugar común de quién entiende a las mujeres. Le digo, “Yo”, bajando los hombros, tirándolos para atrás y bien lejos de las orejas, como me enseñaron en mi clase de yoga, aunque él nunca lo va a ver porque está del otro lado del chat de mi computadora. Si, todavía uso el chat. Tendría que haber nacido en la época de las cartas y no en esta tan audiovisual que un poco me rompe las pelotas. 

Volvamos a mi amigo. No entiende, no las entiende, no nos entiende. Y yo respiro profundo y me pongo cómoda para contarle lo que yo sé de ellas, de nosotras, de lo que creo que tenemos de todas un poco. 

Me dice que somos todas iguales, unas histéricas, y con eso se fue otra vez de jeta contra el lugar común. Le digo que no somos iguales, que ellos tampoco y de hecho le cuento que tengo mil categorías de pibitos de boliche, como para empezar. Se ríe, me pone un desordenado “jjjajajas” y se que con eso le saqué una sonrisa detrás de tanto berrinche.

Mi teoría es que las mujeres somos muy básicas, pero que con tanta literatura escrita nadie leyó un solo manual. Le digo que está la bomba, la conchuda, la boluda, la #minitah, la #rubia, la #gauchita y le agrego otras que inventó mi hermana Inés, que después ella le va a explicar.

La bomba es la que es bomba. “Mamadera”, dicen los pibes cuando la ven. Puede ser por el escote o por el revés, pero la realidad es que hace tic tac y ella lo sabe. No le jode si no podés sostenerle la mirada o si mientras que te habla de la inmortalidad del cangrejo vos asentís con la cabeza como si te estuviera contando un tratado de física quántica. Ojo, no es boluda; no la hagás sentir un objeto porque la hacés explotar.

La #minitah es la Susanita devenida en canchera, pero que sigue queriendo el Príncipe Azul, que la lleve, la traiga, le suba, le baje, le haga, le deshaga, ah, no, eso no. Es la boluda de la publicidad de Quilmes Lieber que cuenta las proezas de su caballero en caballo de palo de escoba, que de tan azul más que hombre es un pitufo, porque no existe. Bueno, yo le desconfío.

La conchuda es la que si sos bombero, te pisa la manguera y se prende un pucho al lado del tanque de gas. Nunca quiere nada y es una regia con todo lo que tiene, hasta que te ve a vos que como una hormiguita estás armando tu casa, que estás a punto de terminarla y ahí te caga. Porque es tan conchuda que tiene más foco que vos y yo juntas. Es la que si te comprás un blazer divino en el outlet al que se llega combinando el noventa y tres y no sé qué tren, te dice sueltita de cuerpo como las chicas de Activia, que lo vio más barato y a la vuelta de su casa. Terminan mal igual. #BadKarma para ellas.

Está la #gauchita, que para mí es la más buena onda aunque este nombre tenga otra connotación. Es la mina que no es ni trola ni puta, mucho menos histérica. Es la enemiga de ellas, la que toma decisiones y elije todo el tiempo qué quiere hacer y con quién quiere estar. No es histérica, nunca, pero te puede coquetear a full si le gustás. Se ríe de tu chiste aunque sea medio pedorro y tiempo después te confiesa que era malísimo pero que te hacía la gamba para no bajarte de un plumazo la autoestima. 

Ser histérica no tiene nada que ver con el coqueteo. La histérica te dice “si pero no”, algo que no existe con estas gauchitas. La gauchita cuando te dice si es si y cuando te dice no, es no y, si te queda alguna duda no va a tener problema en preguntarte cuál de las dos letras es la que no entendiste. 

Veámoslas en acción. Juro, juro, que esto está basado en hechos reales.

Un chico saca a bailar a una chica en un casamiento. Baile, baile, baile. Vueltita, vueltita, vueltita. Chichoneo gracioso, mano en la cintura, hasta ahí, para afirmarla bien cerca de su pecho. Galán. Venía bien el #pibito, hasta que de repente pide chape. Si, chape, beso, transa, ¡DILUVIO DE SORETES PIBE! Nunca se pide un beso, nunca. Se roba, porque es de esas cosas que mejor pedir perdón que permiso, ¿entendés? Pero no estamos hablando de ellos, así que, por hoy lo dejamos acá. 

Volvamos a que hay un chico y una chica en una fiesta. Él es un grandulón de treinta pirulos. Bailan hasta que le pregunta a ella si le puede dar un beso. Cortemos ahí y analicemos qué pasaría con algunas de nuestras mujeres, de las que tenemos de todas un poco.

La #minitah no fue a este casamiento o si fue, ya está con su novio, o sobria bailando al lado de la novia haciendo el pasito de “La isla del sol”. Perdón, me aburren un poco las #minitahs.

La #conchuda, es tan conchuda que no deja que te quedes sola con él. Antes de que te haya puesto la mano en la cintura, te tiró una copa de vino encima y salpicó un poco la camisa del pibito. A vos te dejó fuera de juego en medio minuto y a él lo tiene frotándole su servilleta mientras caminás al baño para ocultar el Gremlin en el que te convertiste. Fin de la historia. Igual, no desesperes, un pibe así mejor perderlo que encontrarlo y ese será el #BadKarma de ella.

Llegamos a mi preferida: la #gauchita. Ella a este le dice que no y mantiene su postura hasta el final, aunque él la amenace con que no sale con quien no haya chapado antes, true story. Ella lo mira y sin sarcasmo ni pena le dice: “ok, gracias, pero no”, porque es sincera y educada y si después se lo cruza por la calle también lo saluda. Obvio que puede hacerlo si quiere, convengamos que estamos hablando de un beso y no de mandar un cohete a la luna, pero esta gauchita le dijo que no y es no.

La #histérica, por último, le dice no pero después de un poco de insistencia le regala un beso. Quiere que antes él le ruegue un poco, que la siga chichoneando, que le haga sentir que ella tiene el poder. La realidad es que además de histérica es medio putona si piensa que chapándoselo le está haciendo un gran favor. Puede ser también la que antes lo educa de por qué no tiene que pedir un beso, aunque él ya lo sepa porque tiene treinta años y es tremendo boludón. Ojo, esta mina también le hierve el conejo y si se van a dormir juntos después de la fiesta, antes lo obliga a bañarse o a lavarse con agua fría los pies. 


viernes, 29 de junio de 2012

La vida y los espejos

Así Dios nos enseña las cosas, mostrándonos a nosotros a través de espejos: personas, situaciones, cosas, acciones. No son "otros" somos "nosotros" vistos en el reflejo. ¿Podría Dios escribir un libro y hacérnoslo más fácil? Si, ya escribió uno o varios, y no los leímos mucho ni tampoco los entendimos. 

Dios podría también masticarnos la comida y ponérnosla en la boca, pero nos quitaría la libertad, la posibilidad de hacer con nuestra vida una "vida llena de vida". 

Hay que mirar los espejos sin apresurar las conclusiones, dejando que los detalles resplandezcan según cómo les dé la luz en los distintos momentos del día, de la vida, de nuestra vida, de tu vida. Mirarlos y aprender, de lo que vemos, de lo que sentimos, de cómo nos reflejamos en ellos.

Esto lo escribí hace un poco menos de un año. Mi vida era bastante distinta y bastante igual. Hoy, escuchando a un "Maestro"que se apareció sin permiso pero con una razón, me doy cuenta de que es porque mi vida es un reflejo de lo que fui creando a través de mis estructuras, de mis creencias, de lo terrorista, o no, que puede ser mi cabeza. 

Fui rezando un paradigma que asegura que afuera están todas las respuestas, que depende  de otro la "solución". Este maestro se me caga de risa y me invita a encontrarla en mi interior porque creer que algo de afuera me puede curar es creer que algo de afuera me puede salvar y eso es una ilusión que me deja prisionera de mi misma, de tomar mis decisiones (con todo lo que me gusta tener la libertad para decidir). 

Este Maestro me dijo que sólo hay un milagro en la vida y es ser plenamente conscientes de que somos creadores de nuestra propia realidad. Que no nos damos cuenta de que Dios favorece nuestro libre albedrío dándonos razones, espejos, situaciones, para que creamos que lo que pensamos es verdad. Si creemos en el sufrimiento y la separación, la vida nos traerá mucho de eso; si creemos en la abundancia y en la unidad, mucho más. 

Por eso, hay que aprender a sentir y pensar diferente, librándonos de juicios y egos, sabiéndonos creadores de todas las situaciones que estamos viviendo. Ya lo decía Carl Yung: "La enfermedad es el esfuerzo que hace la naturaleza para curar al hombre". No esperemos a enfermarnos para sanar.

(Si querés escuchar a este "Maestro"hacé click acá)

martes, 19 de junio de 2012


"Amen con sinceridad y ternura a los vivos y, a los muertos, hónrenlos con sus vidas"
@meryalbinati

sábado, 16 de junio de 2012

Confiar el Birrete


Felíz día, Pa. 

Terminar preescolar fue la primera bisagra que recuerdo haber vivido: poner fin a una etapa y entender que la vida se reconstruye a partir de los momentos importantes. Lo descubrí a los cinco años, tomando mi primera decisión vital: ir al acto de fin de año con papá.
Era un día de sol, cálido, con una leve bruma, típico de las madrugadas en el Conurbano Bonaerense. El sol, que se veía a lo lejos por la ventana, todavía no había calentado la tierra como para que desapareciera la humedad. Convenía no pisar el pasto. Tenía cinco años y ya sabía esas grandes verdades.
Estaba sentada en la cocina, mirando por la ventana lo que llegaba a ver del jardín, porque por mi altura no lo veía todo. Mientras, parte de mi familia se despedía y mi mamá volvía a preguntarme: "¿Estás segura de que querés ir con Papá?". Dije sí, con la cabeza haciendo medio puchero, y agradecí por dentro que me dejara elegir. Valoro mucho la libertad.
Terminé de desayunar con él, que era el privilegio más grande porque nunca se despertaba tan temprano, y me fui a poner la ropa que me habían dejado separada. Papá, entre tanto, se bañaba y afeitaba para darme besos sin pinchar, todo eso, "en cinco minutos". 
Su estilo era vivir la vida con velocidad a pesar de la parsimonia de sus tiempos. “En diez minutos estoy y en veinte llegamos al colegio” le juraba a mamá que descreída le advertía que se tardaba cuarenta con el transporte escolar.
Salimos tarde. El viento que entraba por la ventanilla de su BMW alborotaba mi pelo tan delicadamente arreglado y encintado. La raya al costado y el flequillo hecho trenza que despejaba mi cara se había convertido en peinado de Troll. Mi primer mal humor. Papá, intentaba que yo me relajara, disfrutara del momento juntos y que no perdiera la fe en él. Ponía altísimo el volumen de "Should I stay or should I go", mientras me hacía gestos de rockero ochentoso. Él quería cumplir su promesa de que yo tuviera la toga, el birrete y el diploma.
Los vacíos de mi memoria son agujeros de colador que hacen que la imagen no sea tan nítida, como si fuera un sueño. Del auto paso a estar en brazos de él, llorando con congoja por no poder tirar al aire mi birrete con el resto de mis compañeritos. Miles de abrazos y sobre-estimados consuelos, besos suaves, muchos y seguidos, pero que me molestaban igual. Papá ayudándome a tirar mi birrete con fuerza, como si fuera lo mismo, y yo haciendo fuerza para abajo para hacerlo enojar.
Confiar de nuevo era parte de la etapa que comenzaba, como si fuera válida una decepción por cada ciclo de la vida. Ésta, al igual que no pisar el pasto húmedo, es una gran verdad que anoté en un post it para tenerla a mano cuando piense que alguien realmente puede llegar a ser infalible.
Mi papá vivió una vida a toda velocidad y cumplió su trato de decepcionarme en cada ciclo, probando mi capacidad de volver a confiar en él. 
La misma bruma de aquél día apareció una mañana, un sábado de septiembre, cuando me dijeron que ya no iba a tener a mi papá. Hoy, que ya pasaron un par de años, sé que me dejaría defraudar, me volvería a enojar y lo volvería a perdonar.

6 de septiembre de 1.956 - 3 de septiembre de 2.005
Near you always

jueves, 14 de junio de 2012

Discurso de Graduación



Hoy festejamos los 20 años de mi facultad. Yo pasé por ahí, 4 años divinos de mi vida. Esto lo leí el día que me dijeron: "por suerte no te vamos a ver más, estás recibida". 


Después de 4 años compartidos, llegó el momento de dar vuelta una página que sin duda tiene mucha palabra dicha y también por decir.

Función bárdica del lenguaje, experiencia vicaria, hermenéutica, fuentes pertinentes, paradigmas inmanentes y trascendentes, aguja hipodérmica y agenda setting, son algunas de las palabras que aprendimos en esta facultad. Desde ya que hay muchas otras que no recuerdo, pero confío en que cuando me reencuentre con ellas me despertarán una sonrisa (también espero que, alguna vez, alguien les haga marketing y las ponga en un rollo de cocina o de papel higiénico).

Disculpen si no se nota mi emoción, hay cosas que no cambian y ser expresiva no es mi fuerte. No porque lo haya dicho cierta profesora al inicio de esta carrera, es que simplemente soy así. Por suerte en esta clase que hoy se despide, muchos nos han sorprendido con sus extravagancias, imitaciones y actuaciones. No solo en momentos de dispersión sino en realizaciones académicas en las que han desplegado todos sus dotes artísticos… ciertamente, no fui uno de ellos.

Realmente creo que somos una clase beneficiada por las circunstancias. No sólo porque fuimos con el Tincho Grozs sino porque sabemos donde esta Osama Bin Laden. Además sabemos pronunciar correctamente el nombre de eminencias académicas como Wazlawick o, por que no, del presidente iraní - aunque teniendo a Gerardo cerca no sé si me animo a decirlo-: Ahmadinejad, es así, ¿no? Y ahora conocemos países nuevos como La España Del Bisonte.

En cuatro años, estos profesores nos enseñaron muchas cosas que son imprescindibles para nuestras vidas. No solo a escribir correctamente, sino también a hablar. A decir decentemente palabras como “muslos” y a que la “ye” no se pronuncia ni como se hace en zona norte ni en zona sur. Cosas vitales para abrir la cabeza. Además, nos impulsaron a ser creativos mediante el análisis de casos como el de Niyasov, el presidente del país lejano de Turkmenistán que construyó un palacio de hielo en medio de un desierto de 50 grados a la sombra. La creatividad en tiempos de crisis es imprescindible (por no decir que es clave, que es una palabra baúl).

Enfocándonos en nuestro contexto, sabemos que estamos viviendo tiempos de crisis. Sin embargo, nos animamos a salir a este mundo con las mismas sensaciones con las que empezamos nuestra carrera universitaria: ansiedad, miedo, emoción, excitación… aunque algunos pensemos que entramos totalmente relajados.

Algo que allá en el 2005 era tan lejano, hoy es realidad, “we did it”. Pero no tenemos que olvidar el camino recorrido. Los primeros nervios pre-parcial, aun cuando fuera una materia que hoy subestimamos. La Trimurti. Los primeros esquemas que intentaban explicarnos el ABC de qué es la comunicación. Esquemas que una vez comprendidos serían desafiados por el profesor siguiente, léase Luciano Elizalde. Ruido.
Entender los axiomas de la comunicación, era un todo, un imposible. Ser concientes de ellos en la vida real, un logro. Ser responsables cuando comuniquemos, nuestro próximo desafío.

Espero no pecar de idealista al pensar que la comunicación puede hacer de este mundo un lugar mejor. Que en eso radica nuestra ética, ética que no está en los libros, sino en el contacto y en la relación que forjemos con un “otro”, tan persona como nosotros. Que comunicarnos puede ser la gran terapia que le falta a este siglo que acaba de empezar, aunque no sea la cura de todos los males.

Hoy nos graduamos. Tendremos nuestros diplomas y podremos quemar el del colegio secundario.

Deseo que nos pasen muchas cosas que nos muevan tanto hacia el esfuerzo como fue esta facultad. Deseo que sintamos nuevamente ese revuelo pre-final, donde las horas volaban para después suspenderse una vez que salíamos de rendir. Deseo que tengamos muchas ocasiones de festejar y que la imagen que se nos aparezca sea la de nuestro “día de la espuma”.

Que juntos o separados, en realidad virtual o personal, en web 2, 3 o 5.0, emprendamos cosas buenas, solidarias y responsables. Que no haga falta que nos dibujen un barquito de virtudes para saber que somos virtuosos. Que no haga falta leer autores de renombre para poder citar con autoridad. Que podamos expresar libremente nuestra opinión y dejar que otros que piensan distinto también lo hagan, acercando nuestros horizontes de precomprensión (otra palabra de este librito).

En suma, espero que no perdamos nuestro impulso y que ese impulso esté bien orientado. Que no nos mareemos creyendo que nuestra carrera implica cegarnos como los caballos, sino todo lo contrario, abrir nuestra mirada todo lo que podamos. Si esto no hubiera sido así, no existiría un grupo de Facebook que quiere conocer a Alcat, ni hablar de ese otro grupo que se gloría porque estudió con un resumen de Tincho Grozs (que ya es una eminencia y tiene un himno y todo).

Entonces, seamos agradecidos y actuemos en consecuencia, “siempre, siempre, siempre”. Somos personas que tuvimos la suerte de poder instruirnos y esta es la base más profunda de nuestra responsabilidad con el mundo que nos toca vivir, esto si que K-ve destacarlo.

Para terminar, quisiera que recordemos a quienes pasaron por este camino y que hoy ya no están. A cada uno se le aparecerá un nombre distinto en su cabeza, por eso prefiero no hacerlo singular. Desde primer año vivimos cosas importantes: noviazgos y rupturas, accidentes y recursadas, muertes, casamientos y nacimientos… bah, la vida misma que nos formó tanto o más de lo que esperábamos. Esto también integró a nuestro grupo a pesar de nuestras aparentes diferencias. Obviamente que había buena tela para cortar pero, otra vez, nos hizo más “personas”.

Alguien muy sabio me dijo una vez que si quiero caminar rápido voy a tener que caminar sola, pero si quiero caminar lejos, me conviene hacerlo acompañada. Para mi estos 4 años dan cuenta de lo lejos que llegamos y estoy segura de que todavía hay mucho más camino por recorrer. Espero que lleguemos muy lejos, espero que lleguemos acompañados, siempre.




24 de febrero de 2.009